La memoria como disputa política: Memorias de Uchuraccay, de Hernán Rivera Mejía
La masacre de Uchuraccay, ocurrida el 26 de enero de 1983, constituye uno de los episodios más traumáticos y controvertidos del conflicto armado interno peruano. El asesinato de ocho periodistas y dos comuneros en una remota comunidad andina de Ayacucho reveló no solo la extrema violencia del periodo, sino también las profundas fracturas culturales, políticas y sociales del Estado peruano. Durante décadas, este hecho fue explicado desde versiones oficiales que privilegiaron lecturas simplificadoras, atribuyendo la violencia exclusivamente a la ignorancia del campesinado andino y eximiendo de responsabilidad estructural al aparato estatal.
En este contexto, el documental Memorias de Uchuraccay (2021), dirigido por Hernán Rivera Mejía, propone una revisión crítica del acontecimiento, no con la intención de reabrir un caso judicial, sino de interrogar los modos en que la sociedad peruana ha construido, administrado y, en muchos casos, silenciado la memoria histórica. La película funciona como un acto político de memoria que cuestiona las narrativas oficiales, denuncia la impunidad estructural del Estado y reivindica el cine documental como una herramienta fundamental para la justicia simbólica y la reconstrucción del tejido social. A través de una estrategia narrativa basada en el testimonio, el silencio y la pluralidad de voces, el filme no solo recuerda un hecho histórico, sino que problematiza el modo mismo en que se recuerda.
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Desde sus primeras horas, la masacre de Uchuraccay fue interpretada por las autoridades como un acto de barbarie cometido por campesinos aislados, supuestamente incapaces de comprender la labor periodística. Esta lectura cristalizó en el llamado Informe Vargas Llosa, que fijó durante años una explicación culturalista del hecho: los comuneros habrían confundido a los periodistas con miembros de Sendero Luminoso debido a su atraso y desconocimiento del mundo moderno.
Si bien este informe tuvo un impacto decisivo en la opinión pública, su enfoque minimizó factores estructurales esenciales del conflicto, como la militarización forzada de las comunidades andinas, la violencia ejercida por el Ejército y la ausencia histórica del Estado en zonas rurales. En ese sentido, Uchuraccay se convirtió en un símbolo de una narrativa que desplazó la responsabilidad política hacia los sectores más vulnerables, consolidando una lógica de impunidad.
Rivera Mejía se posiciona críticamente frente a esta tradición interpretativa. El documental no niega la participación de los comuneros, pero cuestiona la reducción moral del acontecimiento a un problema de ignorancia cultural. Al mostrar el contexto de miedo, coerción y violencia sistemática en el que vivía la comunidad, la película plantea que los hechos deben comprenderse como parte de una guerra interna en la que el campesinado andino fue, simultáneamente, víctima y actor forzado.
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Uno de los aportes más importantes de Memorias de Uchuraccay es su concepción de la memoria no como un relato cerrado, sino como un territorio en disputa. Rivera no propone una verdad definitiva, sino una confrontación de memorias: la de los familiares de los periodistas asesinados, la de los comuneros, la de los sobrevivientes y la de los espacios mismos donde ocurrió la tragedia.
Este enfoque dialoga con los estudios contemporáneos sobre la memoria histórica, que entienden el recuerdo como un proceso social atravesado por relaciones de poder. En el Perú, recordar Uchuraccay ha implicado, durante décadas, repetir una versión oficial sin cuestionamientos. El documental desafía esta inercia mostrando que el silencio también es una forma de violencia y que la memoria incompleta reproduce la injusticia. En este sentido, el filme actúa como un contraarchivo: frente a los documentos institucionales, ofrece testimonios subjetivos; frente a los informes oficiales, presenta emociones, dudas y contradicciones. La memoria deja de ser una acumulación de datos para convertirse en una experiencia ética.
Una posible objeción al cine de memoria es su supuesta falta de objetividad. Desde esta perspectiva, el documental estaría más cerca de la militancia que del análisis histórico riguroso. Sin embargo, Memorias de Uchuraccay subvierte este argumento al demostrar que toda narrativa histórica implica una toma de posición, incluso —o especialmente— aquellas que se proclaman neutrales.
Rivera asume explícitamente su rol como sujeto político. Su decisión de privilegiar los silencios y de permitir que las contradicciones permanezcan sin resolución, refuerza la honestidad ética del proyecto. El documental no manipula al espectador para imponer una conclusión cerrada, sino que lo invita a reflexionar críticamente. Así, el cine documental aparece no solo como un medio de representación, sino como un acto de intervención en el presente. En un país donde muchos crímenes del conflicto armado permanecen impunes, recordar se convierte en una forma de resistencia.
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Otro eje clave del documental es la representación del campesinado andino. Históricamente, el discurso dominante los ha presentado como sujetos pasivos, atrasados o manipulables. Memorias de Uchuraccay cuestiona radicalmente esta mirada colonial.
Rivera asume explícitamente su rol como sujeto político. Su decisión de privilegiar los silencios y de permitir que las contradicciones permanezcan sin resolución, refuerza la honestidad ética del proyecto. El documental no manipula al espectador para imponer una conclusión cerrada, sino que lo invita a reflexionar críticamente. Así, el cine documental aparece no solo como un medio de representación, sino como un acto de intervención en el presente. En un país donde muchos crímenes del conflicto armado permanecen impunes, recordar se convierte en una forma de resistencia.
Además, el documental evidencia la barrera lingüística y cultural como un factor central en la tragedia. El quechua y el español no solo funcionan como idiomas distintos, sino como símbolos de una relación desigual entre el Estado y los pueblos originarios. En este punto, la película plantea una crítica implícita al proyecto de nación peruana, su incapacidad histórica de integrar plenamente a sus poblaciones rurales y una tesis más amplia: Uchuraccay marcó un precedente de impunidad estructural en el Perú. Los procesos judiciales posteriores fueron irregulares, incompletos y, en muchos casos, injustos. La condena de campesinos sin un esclarecimiento profundo de las responsabilidades políticas revela un patrón que se repetiría durante todo el conflicto armado interno.
El documental conecta este pasado con el presente. Al mostrar que los familiares de las víctimas aún reclaman justicia, la obra demuestra que la memoria no es solo una operación simbólica, sino una demanda concreta. Recordar, en este sentido, es exigir responsabilidad.
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Memorias de Uchuraccay no es solo un documental sobre una masacre del pasado, un desafío a las narrativas oficiales, un cuestionamiento a la impunidad estatal o una ruptura con las representaciones coloniales del campesinado andino; es una interrogación profunda sobre la manera en que una sociedad decide qué recordar y qué olvidar. A través de una propuesta estética sobria y una posición ética clara, Hernán Rivera Mejía demuestra que en un país donde el pasado reciente sigue siendo un terreno conflictivo, sin una memoria crítica no hay reconciliación posible.
Para profundizar en el tema

Memorias de Uchuraccay de Hernán Rivera Mejía
SonTrac Films, 2021

Las tumbas de Uchuraccay: Treinta años después de José María Salcedo
Editorial Tierra Nueva, 2013

Uchuraccay. el Pueblo Donde Morían los que Llegaban a Pie de Víctor Tipe Sánchez, Jaime Tipe Sánchez
Editorial G7, 2015

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