Durante los últimos años de mi infancia, en una Bogotá amedrantada por el crimen y el dinero fácil, cada año el colegio organizaba la visita de la Feria del Libro. En el espacio inmenso de Corferias, protegidos de la barbarie de la ciudad, los profes nos dejaban confundirnos con las hordas de colegiales que invadían los pabellones. Lejos de la mirada de los maestros, nos entregábamos al libre albedrío.
El pabellón juvenil era uno de los que guardaba el mayor número de sorpresas: criaturas en plastilina, comics improbables, dibujantes que hacían tu caricatura en dos minutos, la sensación de estar en el centro y no en la periferia, en el centro de una cultura juvenil que había roto las fronteras de la geografía y del mercado. Por unas horas, la chata realidad se plegaba en el bolsillo y no había un lugar más cosmopolita que la Feria. Gracias a los libros pasábamos de un mundo a otro, del interior de un volcán a una isla desierta, de los microbios a los astros, de la Historia a la ciencia ficción. La tarde se dilataba en una serie de paraísos sucesivos que terminaban en la saturación y el cansancio. Era el momento de hacer una pausa, de salir de los pabellones con su aire viciado y sentarse en un andén a recibir el viento, a quedarse observando ese hormigueo de personas venidas de todos los continentes, un espacio en el que se rozaban los colegios populares con los de la burguesía, y en el que todos teníamos derecho a abrir un libro.
He vuelto a la Feria, en su edición del 2026, para el lanzamiento de mi volumen de cuentos Ética para infractores. Aunque el mundo ya no es el mismo, la ciudad sigue amedrantada por todos los rincones. El ambiente de la Filbo no se aleja demasiado de la atmósfera de mi infancia, al menos para los niños que ven los pabellones como un espacio de libertad y de encuentros insólitos. En la otra orilla, los editores se quejan de las bajas ventas entre semana, los visitantes de los precios desmesurados en un país que pierde su clase media; los vendedores protestan por el valor de un café con leche, los libreros de lo difícil que es mantener un stand y competir con los grandes capitales. La Filbo es una imagen en miniatura de nuestra vida cultural, y de las ganas y de las limitaciones de nuestra vida lectora.
En medio de estos quebrantos, las cifras, como siempre, son ditirámbicas. Pensemos en el más de medio millón de visitantes, mucho más, que estuvo en Corferias durante catorce días, y en el millón de ejemplares que supongo se vendió. Entre los números que acompañan el balance de la Filbo, el que prefiero es el de una amiga escritora: “Al lado del pabellón de las universidades hay un puesto con las mejores arepas de choclo de la ciudad. Y también las más caras”. Comprobé en varias ocasiones su veredicto, degustando aquella delicia. El hambre es tan poderosa que hace posible estas excepciones: pagar dos veces lo que vale una rebosante arepa en uno de los puestos callejeros a las afueras de Corferias, o cuatro veces lo que vale en cualquier esquina de barrio. El hambre y la sed de lectura son también proverbiales en un país que sigue luchando por el acceso a los libros. Y, por eso, durante dos semanas, gracias a la literatura, vivimos en Bogotá la ilusión de ser y estar en el centro del mundo.

La lectura como un acto de fe de Roberto Montaña
#13 Découvrons le Mexique
Les dérives d’un continent d’Alain Rouquié
La memoria como disputa política
La mémoire comme enjeu politique
Ce soir à la Maison de l’Amérique latine