Como todo evento social, la Feria del Libro de Buenos Aires tiene sus matices. No solo gira en torno a los escritores, los lectores o la industria editorial; la realidad suele colarse por los intersticios y a veces se transforma en el centro de polémicas que trascienden las fronteras del universo literario. Sobre todo en la actualidad, cuando el gobierno en turno hace una bandera de su falta de apoyo a la cultura o realiza feroces recortes en las universidades públicas, como si el dinero fuera la única dimensión humana posible. Aunque a veces parece salirse de su cauce, no hay que temer a la irrupción de la coyuntura: son la prueba fehaciente de que la Feria es un fenómeno social vivo donde se manifiestan los problemas del presente. Visto en perspectiva, seguramente se trata de unos de los pocos lugares donde aún se puede debatir no solo sobre la importancia del libro y de la lectura, sino sobre qué tipo de sociedad queremos y sobre qué valores la vamos a sustentar. No es poca cosa, teniendo en cuenta la vorágine en la que vivimos alienados de una manera tan vasta que aún no estamos en condiciones de mensurar.
La Feria tiene, además, otra virtud no menos importante. En un mundo cooptado por el influjo de las imágenes y las redes sociales, ver a miles de personas circular entre anaqueles repletos de libros, niños arrumbados en poltronas concentrados en la lectura, o a fanáticos haciendo largas filas para escuchar a sus escritores favoritos es, en sí mismo, todo un logro. Mas allá de cierto snobismo que uno puede suponer es propio de este tipo de evento tan masivo, la Feria del Libro de Buenos Aires tiene una convocatoria difícil de entender en una sociedad desencantada y sin esperanzas como la nuestra. Es indudable que hay cierto consenso sobre el valor del libro, un consenso que persiste y atraviesa las distintas generaciones y estratos sociales, que ha sobrevivido a los embates del status quo (para usar una alocución latina hoy en desuso), y que, a pesar de todo, se mantiene tan firme como saludable. Leer se ha convertido en un acto de resistencia, y en algún punto se acerca a la Fe religiosa, porque no hay explicación racional para un fenómeno de esta naturaleza en un mundo cuyos valores van a contramano a todo lo que significa el libro y la lectura: paciencia, lentitud, reflexión, introspección, empatía, memoria. La convicción, –Borges quizá diría la superstición–, de que leer nos hace mejores, persiste a pesar de todo y la convocatoria de la Feria del libro de alguna manera lo manifiesta. Es la prueba palpable de la existencia de algo esencial que sobrevive debajo de capas y capas de información inútil con la que somos bombardeados sin cesar cada minuto de nuestras vidas. Ojalá la fe en el valor de lectura crezca, se expanda y se multiplique. Tal vez sea el hilo de Ariadna que nos permita encontrar la salida de este laberinto.
Retrouvez la présentation de Roberto Montaña qui est intervenu pour L’autre Amérique pour parler de son roman Rien à perdre (Métailié, 2021) paru chez Métailié.

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