Nadie encendía las lámparas, Felisberto Hernández, 1947, varias ediciones disponibles.
Felisberto Hernández, pianista y escritor uruguayo de principios del siglo XX (1902-1964), es uno de los escritores más originales y difíciles de clasificar de la literatura contemporánea por su estilística inimitable y peculiar. En este caso, la lectura, de Nadie encendía las lámparas (1947), provoca una sensación de extrañeza y perturbación, de irrealidad permanente y de entrada al mundo de lo inconsciente y lo misterioso.
La obra de Felisberto Hernández interesó e inspiró a los mejores escritores hispanoamericanos (García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, este último también uruguayo) así como a Italo Calvino. Su literatura está más próxima de Franz Kafka y del concepto freudiano de das Unheimliche (lo siniestro) que remite a lo familiar desconocido y a la vez inquietante y extraño; este matiz es también perceptible por esa sensación de absurdo que flota en las vidas de sus personajes.
Pianista profesional desde su primera juventud y hasta 1942, cuando decidió abandonar el piano por la literatura, la música adquiere especial relevancia en su obra y en concreto en este libro. Diez relatos sorprendentes en los que Felisberto Henández despliega su lado más imaginativo para abordar temas como la identidad, el recuerdo o la exploración del inconsciente como acceso a ellos: el balcón que cobra vida propia y que una muchacha no puede abandonar (El balcón); el túnel en el que entran los personajes a tocar objetos desconocidos y las caras de cuatro mujeres (Menos Julia); el hombre cuyos ojos emiten luz (El acomodador).
En la mayoría de relatos los personajes tienen alguna relación con el piano, ya sea porque el propio narrador es concertista, por la presencia de las manos como elementos que tocan algo, o por la aparición de numerosas referencias musicales (« era el Schubert del túnel », escribe en Menos Julia).
Pero además los relatos de Felisberto Hernández nos remiten, como la música, a lo misterioso y lo desconocido. La música no conceptualiza ni aprendemos con ella, solo la sentimos ya que no se expresa más que a sí misma. De la misma forma, las historias de Felisberto Hernández presentan un mundo de no–sentido, una inmersión en lo inconsciente y un cuestionamiento constante de la identidad. Esto no significa que sus relatos no se puedan entender, sino que la explicación lógica a los actos de los personajes no cabe y lo que hay en cambio es una indagación en la memoria y la reminiscencia a través del extrañamiento. En esta inmersión se alcanza un conocimiento donde los personajes descubren aspectos de sí mismos que nunca hubieran sabido de otra forma. En Nadie encendía las lámparas todo fluye con una cadencia musical que juega con la dicotomía entre lo interior/ »imaginado » y lo exterior/ »real »; la luz y la oscuridad; lo blanco y lo negro (como las teclas de un piano). Así, al leer este libro uno parece estar accediendo a ese lugar innombrable, inexpresable y emocional al que remite la música, y que hace de Felisberto Hernández un escritor único.

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